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La calidad de un café excelente también depende del objeto que lo alberga, es decir, la taza. La taza perfecta debe ser de porcelana, preferiblemente blanca para poder apreciar hasta el más mínimo matiz de color de la crema, debe tener una capacidad máxima de 70 ml y una forma troncocónica. Si es posible, debe precalentarse a una temperatura de unos 35-40°C para que la crema de café esté más compacta y caliente, pudiendo así realzar y atrapar las características y aromas más destacados del café.

Hablando de antecedentes históricos, los primeros recipientes de café fueron pequeños vasos, parecidos a hueveras, cuyo uso se remonta a la época de las Cruzadas.
Los primeros servicios de café preciosos de origen turco aparecieron en la ciudad de Estambul hacia 1400: la pieza de servicio más estimada era la cafetera tombak, una aleación de zinc y cobre. Iba acompañada de tazas de cerámica parecidas a pequeños vasos y, para evitar quemarse los dedos, se sujetaban con zarfs, soportes de cobre o plata con una pequeña asa para facilitar su agarre.
En Europa, la difusión de estos objetos comenzó a principios del siglo XVIII, cuando se generalizó la moda de tomar café en preciosos recipientes de mesa. Y hacia 1750, la taza y el platillo se convirtieron en la forma más clásica de servir el café.

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